Extracto de “Styxx”: Paz

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23 de Mayo del 9531 A. C.

Pasaba la medianoche y, como de costumbre, Styxx no podía dormir. Cuando era niño, las voces en su cabeza le habían impedido descansar. Ahora, era su conciencia y los recuerdos recientes los que le golpeaban brutalmente. Odiaba todo lo que la guerra le obligaba a hacer para proteger a sus hombres y a su pueblo.

Todo.

Suspirando, acunó su dolorida cabeza en las manos, deseando estar con su Bethany. El pensamiento de su dulce tacto y su aroma, provocó una extraña sonrisa en sus labios y se preguntó cómo le iba a ella. Si había encontrado la carta que había entregado con el lugar de encuentro. Y si estaba siendo acunada por Morfeo en sus sueños esta noche.

—¿Alteza?

Abrió los ojos y vio a Galen entrando en su tienda.

—¿Sí?

—Acabo de recibir la noticia de que los tracios están enfadados, pero por el momento obedecen.

Styxx suspiró profundamente.

—Dime la verdad. ¿Qué es lo que más les irrita, Maestro Galen? ¿El hecho de que no pueden violar a cualquier mujer que encuentren, o el hecho de que un niño les de órdenes?

Galen resopló.

—No veo ningún niño en nuestras filas de veteranos.

Styxx lo saludó sarcásticamente con su copa.

Ambos sabemos que no tengo ningún derecho a liderar a los hombres en la batalla. Los Tracios tenían hoy razón. No tengo suficiente experiencia para esto.

Burlándose, Galen se sentó en la silla junto a Styxx y volvió a tomar el vino que había bebido antes.

—Ningún otro comandante podría habernos llevado tan lejos con tan pocas bajas como las que hemos tenido. Mira tu historia, mi señor. Nómbreme al único hombre que ha entrado con un ejército invasor en territorio atlante de cualquier país extranjero. —Galen hizo una pausa—. Sólo hay uno. Styxx de la Casa de Aricles. Príncipe de Didymos. 

Tal vez, pero estaba cansado de la sangre y enfermo de ver a hombres, jóvenes y viejos, cortados en pedazos ¿Y para qué? ¿Poder? ¿Dinero? ¿Gloria? ¿Hasta qué punto era bueno eso cuando lo único que se necesita es un único obolos (moneda griega) para pagar a Caronte por la última travesía?

Cada decisión que tomaba, buena o mala, terminaba con el sacrificio de alguien que llamaba a la madre, la esposa, o a uno de los dioses…

Con ellos quemando la casa y las posesiones de alguien hasta quedar reducidas a cenizas. Toda una vida de recuerdos y ahorros para construirla y unos cuantos minutos de guerra para destruir…

Styxx se pasó una mano por los ojos, tratando de desterrar las imágenes que no le dejarían en paz más de lo que lo harían las voces. Daría cualquier cosa por tener un puñado de minutos con Bethany para decir adiós a sus pesadillas y darle algo bonito que mirar.

Algo hermoso a lo que aferrarse.

Galen se inclinó hacia delante.

—¿Cómo está tu costado, mi señor?

—Igual que mi cabeza. Palpitante.

La mirada del viejo se posó en la mano de Styxx que sujetaba la taza.

—¿Aun no llevas el anillo del sello?

Styxx miró hacia abajo, hacia sus dedos desnudos y se encogió de hombros.

—¿Para qué? Si caigo, no valgo el precio de un rescate. ¿Por qué debo ir a casa cuando los otros soldados que luchan bajo mi bandera serian masacrados o vendidos por nuestros enemigos? Mejor, debería unirme a ellos en la muerte o la esclavitud que, vivir en paz, sabiendo que no pude mantenerlos a salvo. —Se sirvió más vino para él y luego le entregó la jarra a Galen que no quiso beber nada más.

Suspirando, Styxx jugó con la flauta de Galen, con la que el hombre mayor había estado tocando antes. 

—Dime, Galen, ¿cómo duermes por la noche? No he visto nada comparado con las batallas que sé que has luchado y liderado. Por favor, dime cómo conseguir la paz de mi conciencia.

La respiración del anciano se volvió irregular.

—Es difícil, mi señor. No voy a mentir. Me di cuenta de ello demasiado tarde.

—¿Y eso?

Galen cogió el plato de aceitunas en la mesa de Styxx y tomó un puñado.

—Mi padre era un simple campesino con una pequeña granja insignificante. Yo odiaba trabajar allí de una manera que no puedes ni imaginarte. Cada día me juré que iba a salir de la mierda de cerdo y el arado, sin importar lo que tuviera que hacer o a quien matar. Y entonces, un día vi a un ejército atravesando nuestro campo. El sol se reflejaba en sus armaduras y parecían dioses orgullosos. Antes de que pudiera detenerme, corrí hacia ellos y me uní a sus filas. Pero nada, ni siquiera nuestras matanzas otoñales ni un matadero, me habían preparado para los verdaderos horrores y la fría brutalidad de la vida de un soldado. —Tragó saliva—. Sin embargo, para mí, era mucho mejor que la pequeña granja que había despreciado. La fama, la gloria y, en particular, las riquezas y las mujeres, me mantuvo distraído por un largo tiempo. Y entonces, un día, cuando mi ejército se desplazaba a través de un terreno boscoso, vi a la mujer más bella que los dioses habían creado. Su encantadora sonrisa me deslumbró aún más que la armadura que tenía cuando era niño. Así que me detuve, en ese mismo momento, para hablar con ella. —Galen hizo una pausa para saborear la memoria de su esposa—. Me dio dos magníficos hijos y dos hijas hermosas. Mientras yo estaba en la guerra, enterró a nuestra hija menor que fue atacada por una fiebre, y a nuestro hijo, que cayó de un árbol y se rompió el cuello. Todavía, y siempre lo haré, me odiaré a mí mismo por dejarla sola para hacer frente a eso en mi ausencia. —Las lágrimas contenidas brillaban en sus viejos ojos grises—. Mi hijo mayor me siguió a la guerra y yo estaba muy orgulloso. —Su voz se quebró con el peso de su amor paternal—. Mi Philip era un león en el campo. Alto, fuerte, respetuoso y glorioso. Yo lo miraba y agradecía a los dioses por su benevolencia y por darme un hijo tan magnífico. ¿Quién era yo para merecer semejante regalo dado el número de hijos que había separado de sus padres? —Tragando saliva, se secó los ojos y se aclaró la garganta—. Y entonces llegó el día que todos los padres tememos. Todavía lo veo como me resbalé y caí en la batalla. Me quedé allí pensando que era el momento en que mi hilo seria cortado por las poderosas tijeras de Atropos. Gritando, Philip corrió hacia mí para salvarme la vida. Y justo cuando me alcanzó, su cabeza salió volando por un solo golpe de hacha del enemigo. —Sus ojos le ardían de rabia y se pasó la mano por la boca—. Ruego a los dioses, joven príncipe, que nunca conozcas el horror de recoger los cuerpos, tratando de encontrar una parte de la única cosa en este mundo de la que realmente estas orgulloso. No hay mayor pesadilla y es lo que continuamente me acosa, incluso cuando estoy despierto. —Con una fuerza inconmensurable, Galen tomó aire y calmó sus emociones—. Después de que mi Philip cayera en una batalla a la que no deberíamos haber ido, rompí mi espada por la mitad y juré que nunca me inclinaría de nuevo ante la llamada de Ares. Acabé con ambos, con él y con Atenea. Así que me retiré a la granja que tanto odiaba de niño y pasé los mejores años de mi vida con mi dulce Thia. Vi a nuestra última niña crecer y convertirse en la más hermosa de las mujeres y deseé tener más que ofrecer a mi preciosa Antígona y a sus hijos. Entonces, un día, otro soldado vino a mi puerta y me dijo que el rey quería que tutelara a su mocoso para la guerra. Me reí en su cara. Pero no en la poderosa moneda que ofreció. —Levantando su copa en un brindis, Galen sonrió—. ¿Cómo podría dejar pasar eso? Además, me dio la oportunidad de golpear al hijo mimado de un hombre que me había ordenado ir a una batalla innecesaria que acabó con la vida de mi hijo. 

Styxx resopló mientras bebía su vino.

—Te felicito por tu destreza, Maestro Tutor. Cada vez que el clima se vuelve frío, aún puedo sentir algunas de tus más finas sesiones en mis huesos y, en particular, en mi muñeca.

Galen fijó una mirada malévola en él.

—El primer momento en que puse los ojos en ti, Alteza, te odié apasionadamente. Allí estabas, apenas me llegabas a la cintura, con la armadura de tamaño infantil mucho más fina que cualquiera de las que jamás había usado para luchar en nombre de tu padre. O la que llevaba mi Philip cuando fue sacrificado al servicio de un rey que no le importaba su vida o su muerte. Con la cabeza bien alta y una imponente arrogancia que me ofendió en el centro de mi alma. Y quería poner mi puño sobre tu bonita y mimada cara.

—Si no recuerdo mal, lo hiciste. Y luego me diste una patada en el culo que me tumbó y mi cara mimada fue a parar a un montón de mierda. 

Galen se rio ante el recuerdo.

—Y no dijiste una palabra a nadie. Te levantaste, cogiste tu espada de entrenamiento, y me miraste como si hubieras aterrizado en un lecho de amapolas. Mientras te goteaba la mierda.

—Estúpidamente pensé que te gustaba y temía lo que harías si no lo hacía.

Galen negó con la cabeza.

—Te conozco mejor que eso, muchacho. Pero me llevó un tiempo dejar ir mi odio y ver que, lo que había confundido con una despectiva arrogancia era un afligido desafío para mantenerte fuerte contra todos aquellos decididos a verte quemado. Para hacer lo correcto por los demás, aun cuando eso te costaba caro. Fue ese muchacho, que aun así, tenía el corazón de un hombre, quien me enseñó a respetar a una corona que había aprendido a despreciar. Una corona que había jurado no volver a defender. Perdóname por la traición, joven príncipe, pero todavía odio a tu padre y siempre lo haré. Él no se preocupa por nada y no piensa en los que luchan por él. Pero tu… es y será siempre un honor para mí estar contigo en contra de cualquier enemigo. En la batalla, no te quedas atrás y ordenas a los demás que mueran por ti. Nos lideras, y te he visto una y otra vez, enfrentarte a oponentes mucho más grandes y más fuertes que tú para proteger a tus hombres. Te he visto cargar con soldados heridos para salvarlos sin tener en cuenta tu propio bienestar. Incluso hoy cuando has sido herido gravemente.

—Y veo los rostros de todos aquellos a los que no pude salvar. Los rostros de los que me miraban a los ojos mientras morían por mi mano. ¿Quién soy yo para presentarme como su verdugo? 

—Eres Styxx de la Casa del famoso Aricles, el príncipe y heredero de Dídymos. Y un día, serás rey. ¿Quién mejor para gobernar el reino que un hombre que se da cuenta de que no es un dios y que conoce el valor y el sacrificio de aquellos que le sirven y protegen a su pueblo?

—No me siento como un príncipe, Galen.

—Y eso, Alteza, es lo que te hace más digno de llevar la corona de tu padre.

Styxx se rio con amargura.

—Me gustaría verme a través de tus ojos.

El sólo veía sus defectos y carencias.

Para su sorpresa, Galen tiró de él hasta que sus mejillas se tocaron y lo sostuvo en un abrazo paternal. Entonces Galen le besó en la cabeza y lo soltó. Dejó el vino sobre el escritorio de Styxx y sacó su flauta.

—Deberías intentarlo y dormir, Alteza. La luz de la mañana traerá más batalla a nuestras espadas. 

Y más sombras fantasmagóricas para perseguir y atormentar su conciencia… 

                                                             

Fuente y traducción: Dark Hunter Spain

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