Extracto de “Styxx”: Guerra

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23 de Mayo del 9531 A. C.

Bethany estaba furiosa cuando se materializó en el pequeño pueblo de Enean, donde sus seguidores habían implorando desesperadamente que los dioses Atlantes les rescataran. Mientras que el resto de los dioses había ido a prestar ayuda a la mayor parte de sus fuerzas, ella había accedido a venir a ver a los habitantes aquí.

El pueblo había tomado a los soldados atlantes heridos… hombres heridos que habían sido sacrificados por los griegos, a los pies de la estatua de su bisabuelo en el centro de la pequeña aldea.

Levantó la mano para mandar a todos directamente a Hades.

—¡Alto!

Un feroz, profundo y exigente tono congeló a todos. Incluso a ella.

Curiosa, ella frunció el ceño al ver al príncipe Didymosian mientras saltaba de la parte posterior de su caballo de ébano y se dirigió airadamente a través de los cuerpos caídos y se enfrentaba a los griegos sin respaldo alguno.

¿Estaba loco?

Los griegos de aquí no eran de Didymos. Y ellos no tenían amor ni respeto por el joven príncipe. Algo que se demostraba en el desprecio de sus rostros.

Con sus ojos azules llenos de brío enojado, Styxx se dirigió directamente a dos soldados que habían arrastrado a una hermosa joven de su casa a la calle. Era obvio por su vestido desgarrado lo que se proponían.

—¡Soltadla! —Exigió Styxx.

En lugar de seguir sus órdenes, el gran soldado corpulento envolvió su brazo alrededor de la cintura de la chica.

—Es un botín, Alteza. —Se burló del título.

—Ella es una chica, no una propiedad. Ahora, liberadla u os arrepentiréis.

—¿Qué? ¿Vas a hacer que tus hombres me azoten? —Se rió—. Soy un Tracio. No nos inclinamos ante una corona Didymosian ni tenemos ningún miedo de tus hombres.

Los tracios lo vitorearon en su apoyo.

Sin desanimarse, el príncipe se acercó a él como un feroz depredador, totalmente al tanto de todas las espadas a su alrededor y, sin embargo, no temía a ninguno.

—Entonces es hora de que aprendáis a temerme.

Todos se rieron de palabras atrevidas de Styxx.

Queriendo tener una vista más cercana, y para asegurarse de que la aterrorizada chica no era dañada de alguna manera, Bethany se proyectó a sí misma en el cuerpo de la chica. Su brazo quemaba del agarre brutal de los soldados.

Hundió la cara en su cuello.

—Ella huele dulce para una puta Atlante. Estoy seguro que podemos encontrar una para ti, príncipe. Ahora vuelve a sus propios hombres, y dejar esto a aquellos de nosotros lo suficientemente viejos para vello púbico.

La mirada celestial de Styxx no vaciló mientras hizo que su brazo colgara. Un instante después, el soldado la soltó y cayó de espaldas, muerto, con un pequeño cuchillo de lanzar plantado entre sus ojos.

La mandíbula de Bethany se aflojó.

¿Styxx había matado a uno de sus propios hombres?

¿Para proteger a su gente?

Sacando su espada, el príncipe se puso entre ella y los hombres que habían venido aquí con él.

—Encuentra a tu madre, niña. Rápido..

Aturdida por su impecable Atlante, ella obedeció y luego observó con fascinación absoluta ya que estaba solo para defender a sus enemigos de su propio ejército.

Los griegos lo atacaron.

Acabó con seis de sus soldados antes de que sus refuerzos llegaron a apoyarle contra el resto de los tracios enojados. Sus hombres rápidamente los sometieron y los obligaron a volver.

Styxx agarró el que había estado al lado del primer hombre al que había matado.

—Avisa a tus tracios, no estamos aquí para violar esposas, hermanas e hijas. Nuestra lucha es contra la reina Atlante, sus soldados, y sus dioses, no a sus mujeres o niños. Cualquier griego que desafíe mis órdenes serán castrados y se ofrecerán como un sacrificio al dios atlante Dikastis por sus crímenes contra su pueblo.

—¿Crees que serían tan amables con nuestras mujeres?

Styxx lo empujó.

—Es por eso que estamos en tierra atlante, para luchar contra ellos antes de que lleguen a nuestros países de origen. Estamos aquí para proteger a nuestras familias de que la Atlántida los esclavicen, y no voy a avergonzar a nuestros inocentes, sacrificando y degradando a los suyos. Ahora ve y advierte a tus hombres.

El príncipe regresó a Bethany y la pequeña choza donde la niña se había estado ocultando con su madre y hermanas.

Para su completa estupefacción, el príncipe cogió una muñeca caída justo afuera de la cabaña y luego se arrodilló en la puerta, en el suelo a poco la hermana de la chica que, probablemente, no tenía más de diez años.

Sostuvo la muñeca hacia ella mientras se aferraba a la falda de su madre.

—Está bien, pequeña. —dijo de nuevo en impecable Atlante—. No estamos aquí para hacer daño a tu familia. Te doy mi palabra.

Miró a su madre para confirmarlo.

Tenía los ojos muy abiertos, la madre agarró de la muñeca de su mano y luego dio un paso atrás para proteger a sus hijas.

Styxx se inclinó ante ellas antes de levantarse.

—Dile a los aldeanos que se reunan aquí en la plaza y personalmente me encargaré de que todos ustedes sean llevados a las paredes de la ciudad para protegerse. Si alguien no puede caminar o viajar, háganoslo saber y los llevaremos.

Ella lo miró con recelo.

—¿Es un truco griego?

—Juro por mi vida que no lo es. Por favor, buena madre, en nombre de tus hijas, date prisa. No sé cuánto tiempo mi ejército puede mantener a los otros griegos, si deciden obviar mis órdenes. Debemos llegar a un lugar seguro.

Fue a transmitir sus intenciones a sus propios hombres, que actuaban como si las órdenes fueran algo típico y se esperara de él. No fue hasta que se tropezó y se apoyó contra de su caballo, que Bethany se dio cuenta de que estaba gravemente herido. La sangre corría por su pierna izquierda.

Sin embargo, sin dejar que nadie lo supiera, rápidamente se limpió y montó.

Fiel a su palabra, él ayudó a juntar su pueblo y les acompañó a un lugar seguro. Nunca en su vida había visto algo como esto. Un griego que mataba a sus propios hombres para proteger a las mujeres y los niños de su enemigo…

Era inaudito, sobre todo de un príncipe que no había mostrado misericordia con sus enemigos en los últimos meses mientras luchó contra ellos. La única cosa que todo el mundo sabía de Styxx era que él había sido implacable en el campo de batalla. Sólo su ejército se mantuvo invicto contra los atlantes. Utilizando nuevas tácticas que eran radicalmente diferentes al resto de las fuerzas griegas, Styxx había librado una campaña maliciosa y con éxito contra su pueblo.

Y mientras él estaba mostrando misericordia a la gente en este momento, ella sabía que una vez que se fueran, las casas abandonadas serían registradas en busca de suministros y después quemadas.

Era otra cosa por la que se lo conocía.

Sintiendo aún más curiosidad sobre él que antes, se detuvo a lado de su caballo. Aún bajo el disfraz de la chica que había salvado, ella levantó la vista para mirar al príncipe mientras él supervisaba la retirada de su pueblo.

Se mantenía con la misma actitud arrogante y rígida que la había irritado la primera vez que lo vio en Halicarnaso.

¿O era la arrogancia? Ahora que estaba más cerca, vio el tormento y dolor dentro de esos ojos azules. La cautelosa resignación y el cansancio le hacían parecer mucho más viejo. Y mucho más vulnerable.

—¿Alteza?

Sus emociones se evaporaron en una expresión de estoicismo mientras miraba hacia ella.

—¿Sí?

Ella puso su mano a su armadura negro y bronce, y señaló el lugar exacto en su costado estaba herido.

—Gracias por su ayuda.

Él inclinó la cabeza respetuosamente a ella.

Valientemente, levantó la mano para acariciar el músculo duro de la pantorrilla que sobresalía entre los cordones de su espinillera.

—Por tu bondad, me gustaría ofrecerle mis servicios.

Empujó a su caballo lejos de ella.

—Aunque aprecio su oferta y siento verdaderamente honrado, debo declinar.

Confundida, ella comenzó a alejarse.

—¿Elea? —Gritó.

Asombrada de que recordaba el nombre de la chica ya que su madre lo había usado hacía casi una hora, se detuvo para mirar hacia atrás en él.

—¿Alteza?

—No dejes que nadie, ni tu misma, intercambie tu cuerpo para cualquier propósito. Los beneficios temporales e inmediatas no vale la pena el costo eterna de tu alma.

Inclinándose hacia delante, lanzó suavemente un carísimo broche hacía ella.

Ella lo cogió en su mano y vio que llevaba el mismo emblema de Phoenix como su escudo. Era la insignia de su Omada Estigia.

Sin una palabra más, dio media vuelta a su caballo para poder llevar personalmente una mujer enferma y su pequeña nieta a la ciudad amurallada, tierra adentro.

Aturdida por su sabiduría inesperado y su caridad, fue a unirse a ellos en su viaje hacia la seguridad. Una parte de ella todavía esperaba que fuera un truco de algún tipo.

Mientras caminaban, examinaba sus hombres, en busca de su Hector. Pero éstos eran de caballería. No había un soldado de a pie entre ellos. Otro inesperado honor a su pueblo ya que utilizaba a sus soldados mejor entrenados, y no campesinos, para protegerlos.

Y mientras lo miraba, algo sobre el príncipe le recordaba a su amor, pero Héctor no sería herido. No si llevaba su amuleto, y lo tenía en la última vez que lo vio. No había ninguna razón para pensar que se lo quitaría. Además, el príncipe parecía un poco mayor que Héctor. Sin duda, más severo y seguro de sí mismo. Héctor era tímido y reservado. Nunca se apresuraría a una pelea tan imprudentemente.

No, Styxx no era el hombre que le hacía arder.

Pero ahora, por fin comprendió por qué Athena había elegido este príncipe como su mascota. Era honorable cuando otros no lo eran. Y él trataba a todos a su alrededor con respeto… como si importaran.

Incluso sus enemigos.

Sin embargo, esta buena acción no cambió nada. Ellos estaban en guerra y ella eventualmente lo destruiría por atreverse a llegar a sus costas y matar a sus soldados. Su compasión de hoy le había ganado un pequeño respiro mientras veía a sus seguidores.

Mañana, sin embargo, iría tras él con todo lo que tenía.

Entrando en los muros de la ciudad, vio como Styxx llevaba suavemente a la anciana en el templo de Agapa que había sido creado para recibir a los damnificados por estos invasores. Él volvió su atención a un joven sacerdote, pero no antes de decir algo que hizo que la vieja sonriera y amablemente cogió a su nieta y la sentó a su lado.

Honestamente, la sorprendió que ninguno de los atlantes atacaran a sus soldados. Sería una manera fácil de poner fin a la guerra ahora.

Pero su gente no era tan peligrosa como los griegos. Nunca habían sido. En cambio, honraron las decentes intenciones Styxx y de sus hombres y se les permitió depositar a los aldeanos y luego irse sin incidentes.

Por la mañana, sin embargo, estarían en guerra otra vez.

Con ese pensamiento más importante en su mente, ella dejó el cuerpo de la niña y fue a buscar a su bisabuelo en su templo en una calle allí cerca.

Los atlantes se invocaban su nombre, haciendo sacrificios. No es que ellos lo necesitaran. Misos hubiera estado con ellos de todas formas

Sin ser visto, su bisabuelo arqueó la ceja mirándola.

—¿Qué noticias tienes?

—El príncipe griego está herido en el costado izquierdo, al menos tres costillas rotas. Él apenas será capaz de mantener su escudo con ese brazo.

—Buen trabajo. Lo veremos muerto por la mañana y enviaremos sus pútrido griegos a casa con el rabo metido entre las piernas.

                                                                                 

Fuente: Facebook Oficial de Sherrilyn Kenyon Traducción propia.

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